Supongamos que Dios simplificara el asunto y redujera la Biblia a un solo mandamiento: “Saltarás tan alto como para tocar la luna”. No necesitas amar al prójimo, ni orar ni seguir a Jesús; sólo toca la luna en virtud de un salto y serás salvo.
Nunca lo lograríamos. Hay tal vez unos pocos que saltan un metro o un metro veinte, e incluso algunos que pueden saltar un metro y medio o más; pero comparado con la distancia que tendríamos que saltar, nadie llegaría muy lejos. Aun cuando pudiera saltar diez centímetros más alto que yo, no es razón para jactarse.
Ahora bien, Dios no nos ha pedido que toquemos la luna, pero bien pudiera haberlo hecho. Él dijo: “Sed, pues vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5.48). Ninguno de nosotros puede satisfacer la norma de Dios. Como resultado, ninguno merece ponerse la toga, subir al estrado y juzgar a otros. ¿Por qué? Porque no somos lo bastante buenos. Dahmer tal vez salte diez centímetros y quizás tú saltes un metro ochenta, comprado con los 360 mil kilómetros que faltan, ¿quién puede jactarse?
Pensar en esto es casi cómico. El que salta un metro mira a quien salta cinco centímetros y dice: “Vaya salto más ridículo”. ¿Por qué nos enredamos en tales acusaciones? Es una trampa. Mientras pienses en tus debilidades, no tengo que pensar en las mías. Mientras observe tu saltito, no tengo que ser sincero en cuanto al mío. Soy como el hombre que fue a ver al siquiatra llevando una tortuga en la cabeza y una tira de tocino colgándole en cada oreja y le dijo: “Vengo a consultarle acerca de mi hermano”.
Es la estrategia universal de la impunidad. Incluso los niños la usan. Si logro conseguir que papá se enfade más contra mi hermano que contra mí, me libraré. Por lo tanto acuso. Comparo. Antes de admitir mis faltas, busco faltas en otros. La manera más fácil de justificar los errores de mi casa es hallar peores en las de mi prójimo.
Tales patrañas no resultan con Dios. Lee con cuidado las palabra de Pablo.
Ahora bien, sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas se basa en la verdad. Así que cuando tú, que no eres más que hombre, juzgas a ellos a pesar de que haces lo mismo, ¿crees que vas a escapar del juicio de Dios? ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, de su tolerancia y de su paciencia, sin darte cuenta de que la bondad de Dios te lleva al arrepentimiento? (Romanos 2.2-4 NVI)
No somos lo bastante buenos como para juzgar. ¿Puede el que padece de hambre acusar al mendigo? ¿Puede el enfermo burlarse del doliente? ¿Puede el ciego juzgar al sordo? ¿Puede el pecador condenar al pecador? No. Sólo Uno puede juzgar y ese Uno no es está escribiendo ni leyendo este libro.
En manos de la gracia
Max Lucado
Revolucion7

