Es interesante observar todo lo que la gente hace para hacer ver que esta viva. Unos van a fiestas y allí bailan y toman licor hasta llegar el punto de no saber si es de día o de noche. Otros lo demuestran tirándose desde un puente hacía el vacío sujetados por una liga al son de “echen paja” o la primera jerga que se les ocurra gritar. Ni que decir de los que viven una vida de libertinaje donde el “amor y paz” es su lema de vida o que tal aquellos que simplemente pasan desapercibidos y sabemos que están vivos porque lo único que escuchamos de ellos es un simple hola o adiós.
Como podrán ver cada uno tiene su manera muy propia de decir aquí estoy. Pero me llamo mucho la atención el otro día una madre que venía con su bebé en brazos en el autobús (por eso amo viajar en bus). Cada uno venía en su propio mundo, unos hablando de los marcadores de fútbol del domingo, los resultados electorales, las parejas eran ajenas a lo que había a su alrededor, su idilio de amor los hacía estar aparte. De repente un sonido rompió la burbuja en la cual muchos estábamos inmersos, era el llanto de aquel bebe de escasos 2 meses. Su gemir lleno todo aquel vehículo. Era como si el estuviese diciendo
-Hey gente adulta yo también voy en el bus! –Mamá, por cierto tengo hambre y quiero comer ya!
Cuando entendí eso y me recordé de alguien que hizo algo parecido hace muchos años, mi piel se erizo, un escalofrió recorrió mi espalda y mi vista se nublo un poco debido a la activación de mis glándulas lacrimales.
Era viernes por la tarde, el día estaba oscuro y mucha gente había asistido a la muerte de un hombre que hasta hace pocos días atrás había sido proclamado Rey al entrar a la Ciudad Santa. Su castigo? El ser crucificado. Para aquellos tiempos la ejecución por esa vía era considerada como “el suplicio más cruel y horroroso de todos”.
En el lugar de ejecución, los soldados desnudaban al reo y tomaban sus vestidos como botín. Luego de atarle o clavarle las manos al palo transversal, levantaban este con la víctima y lo colocaban en su lugar, de manera que los pies quedaban a poca distancia de la tierra. Los pies y las manos podían atarse o clavarse a la cruz, como en el caso de nuestro malhechor.
Lo horrible de la muerte por crucifixión se debía en parte al intenso dolor causado por la flagelación, los clavos y la incómoda posición del cuerpo que dificultaba la respiración. Además, la deshidratación por la pérdida de sangre y la calentura producían una sed intolerable. A esto hay que agregar la vergüenza que sufría el condenado al verse desnudo ante los curiosos que pasaban insultándole.
El crucificado moría lentamente, casi siempre el segundo día, pero a veces hasta el octavo. El exceso de sangre en el corazón, debido a la obstrucción de la circulación, combinado con la fiebre traumática, el tétano y el agotamiento, mataba a la víctima. Para acelerar la muerte de un crucificado, se le quebraban las piernas con un martillo, antes de traspasarle con espada o lanza, o bien se le ahogaba con humo.
De algo podemos estar seguros con respecto a la crucifixión, el condenado siempre iba a morir a como diera lugar, no había escapatoria y si lograse escapar de la misma, el trauma producido por las heridas le haría tener el mismo fin.
Aquel alborotador de masas yacía en aquella cruz, su cuerpo no soporto los embates de tan bestial castigo, no hubo necesidad de quebrarle las piernas, pero para estar seguros de que en realidad había muerto le clavaron una lanza en su costado y fue así como toda su sangre fue vertida y el forense informo que ya no había nada que hacer, que había emprendido su viaje al Hades.
Dos días habían transcurrido desde que lo sepultaron. Días normales me imagino, donde la rutina dominaba las vidas de miles de israelitas, romanos, griegos y cuanta cultura se acercara a Jerusalén. Los cambistas continuaron haciendo sus negocios oscuros en la casa del Padre de las luces, los sacerdotes ya acostumbrados a hacer creer al pueblo que la Gloria de Dios habitaba el Templo y los romanos conquistando y subyugando las demás naciones, eran días normales.
Pero algo sucedió al tercer día, algo que al igual que aquel infante rompió con la cotidianidad de aquella ciudad. El que había muerto y sido sepultado no lo soporto más, la tumba era fría y el Ades demasiado caliente. El dijo –este no es lugar para mí, que los muertos estén con los muertos.
De repente la piedra que tapaba la entrada de la tumba comenzó a moverse, el Fiel y Verdadero salía del lugar que hasta tres días atrás fue su morada de descanso.
Los ángeles tampoco soportaron lo magnifico de aquel acontecimiento, tuvieron que declararlo, -él no está aquí, pues ha resucitado! Dijeron a las mujeres que llegaron a ungir el inerte cuerpo del Maestro (Lucas 24:6). Y por supuesto que él mismo no lo resistió, tuvo que ir a donde sus amigos para contarles que estaba vivo. (1 Corintios 15:5-8)
Hasta el día de hoy Jesús continua gritando que esta vivo, la naturaleza me lo dice todos los días, cada vez que respiro, parpadeo o mi corazón late. Dios esta dispuesto a remover cualquier piedra de nuestras vidas por el simple hecho de demostrarnos que el continua tan vivo como lo estas tu al momento de leer este articulo. Inclusive, al instante de escribir estos párrafos siento el mismo escalofrío de aquella tarde en el bus. Me retiro porque también siento que mis glándulas lacrimales van a activarse en cualquier momento y no creo poder ver lo que escribo.
Escrito por: Carlos Fernández



