De poca fe, vientos, mares, Jesús y calma

“El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?”

Mateo 8: 26-27

Algunas veces cuando paso por alguna situación y vengo reflexionando, se me vienen pasajes a la mente. Algunos dirán, sí lo oíste en alguna parte y lo asociaste con tu problema; pero para mí es Dios hablando.

He pasado por pruebas, o ni tan siquiera son pruebas, uno mismo se enreda en cosas que no convienen. Pero en medio de eso que a veces nos aflige Dios nos abre un pequeño espacio para llegar a su presencia, ya sea llevándonos a un culto, o compartiendo con nuestros amigos.

Nos aparta, nos enseña, nos acurruca en su pecho, y sin pensarlo eso que nos parecía tan grande de atravesar, la montaña por cruzar, simplemente parece ser una pequeña loma, o tan siquiera eso… la montaña se movió. Y qué podríamos decir de las tormentas, cuando Dios en su misericordia, simplemente con su voz, la calma con el santo nombre del Señor Jesús.

Esa montaña, esa tormenta puede ser un problema, puede ser un pecado no confesado, un hábito oculto, una enfermedad. ¡Qué tan pequeña la mente del hombre!, En fin… qué pequeña a veces mi mente.

¿Acaso Jesús no prometió estar con nosotros hasta el fin de los tiempos? A veces acusamos a los apóstoles de incrédulos, pero ¿acaso no nos pasa lo mismo?

Ver un problema muy grande sin solución o escoger el pecado como opción es no creerle a Dios que Él tiene el control de todas nuestras situaciones y que nosotros podemos por nuestra cuenta solucionarlo.

Hoy llegando del culto, me dispuse a escribir esto, porque abandoné la casa con una tormenta en mi mente, y por el nombre poderoso de Jesucristo, todo está de nuevo en calma.

Escribo esto no sólo por escribir. Es mi declaratoria: Lo único que me detiene de mi propósito, soy yo mismo. Sí a veces mi peor enemigo se llama Sergio.

Escribo esto porque no debería de pasar una noche sin buscar el rostro del Señor, que aunque se revuelque mi carne entre Dios y yo sepamos que de verdad lo intentamos todos los días.

Escribo esto para que no se me olvide tan fácil orar por las cosas que me faltan por trabajar en mí mismo.

Escribo esto con el fin, de que algún día Sergio deje de ser mi enemigo, y Sergio aprenda de que lo único que depende es de Dios y de nada más.

Escribo esto para aquellos y para mí que por enésima vez deciden caminar, creyendo en Jesús y su voluntad.


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