“No lo puedo alcanzar a entender. No entiendo cómo es que tú me amas Señor, pero lo creo y acepto.
Al mirar a ti, me doy cuenta que tu maravillosa misericordia y gracia. Y de la gracia, Señor, que es todo lo que necesito, es suficiente para mí. “Bástate en mi gracia porque mi poder se perfecciona en tu debilidad”.
Señor yo recibo tu gracia y recibo todo el beneficio de la gloria que está en tu rostro: En la faz de aquél que se entregó por mí. En la faz de aquél que vino y se humilló. En la faz de aquél que entregó su sangre para redimir mis pecados, porque sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. En la faz de aquel que por amor se dio por mí está la gloria de Dios.
La gloria de Dios, su misericordia, su gracia, su infinito amor por mí, e inagotable paciencia para ver en mí cumplirse sus propósitos. Porque él no ha dejado de creer en mí, no ha dejado de confiar; que el que comenzó en mí la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.
No ha dejado de creer que su gloria finalmente pueda cambiarme y hacerme como él. No ha dejado de creer que él está alumbrando mis tinieblas. Y tarde o temprano su gloria resplandese en mi rostro también.
Resplandece con tu luz en mi vida, alumbra mis tinieblas, cambia las tristezas en gozo. Cambia la oscuridad en luz, cambia la frustración en descanso. Jesucristo tú eres el todo.
¡Gracias Jesús! “

